viernes, 16 de septiembre de 2016

Los guijarros




Los guijarros


For all the dead soldiers


La playa tenía aquel color gris metálico de los cielos nublados de noviembre. El sol se filtraba a veces entre las nubes y por unos instantes dejaba su reflejo metálico en las olas. La espuma empapaba los guijarros de la orilla.
           La playa tenía aquel color metálico y gris y Timmy, sentado a mi lado, lanzaba piedras redondas y planas a las olas que rebotaban antes de hundirse. Yo nunca pude conseguir que rebotaran más de dos veces. Alguna vez tres. Timmy era mejor que yo en esto. Él llegaba fácilmente a cuatro, incluso cinco consiguió una vez. Yo era dos años mayor que él.





          

               Aquí veníamos siempre que teníamos un rato. En cualquier caso en el pueblo no había nada. También solíamos ir al pequeño puerto al atardecer para ganar algún dinero ayudando a descargar el pescado cuando regresaban los barcos. Más lejos, hacia el interior, un penacho de humo se escapaba perpetuamente de la chimenea de la fábrica.





              
          Pero en invierno la noche cae demasiado pronto. En esos días la temperatura era gélida y nadie podía resistir en el exterior. Pero como nos pagaban teníamos que aguantar como fuera, hasta terminar con los dedos enrojecidos y rígidos y, al final de la faena, entrar un rato con los pescadores en la taberna donde nos tomábamos una pinta (cuando tuvimos ya edad suficiente para hacerlo, pero de todas formas allí te hacías mayor demasiado pronto, no teníamos la oportunidad de tener infancia: pronto bebimos cerveza como los hombres sencillamente porque habíamos trabajado como ellos), y luego regresábamos, subiendo a la carrera la cuesta que nos llevaba hasta el centro del pueblo y después, extenuados, por las calles que conducían hasta el miserable barrio de casucas bajas  donde vivíamos, cerca de la fábrica, la chimenea continuaba arrojando su humo y es posible que al entrar papá estuviera trabajando en el turno de noche y mamá ya en la cama completamente agotada. Dejábamos en el cenicero las monedas que habíamos ganado, entrábamos en nuestra helada habitación y nos acostábamos tiritando y en silencio.
            Mamá murió demasiado pronto. Su constitución no era fuerte. Y era preciso ser fuerte para continuar viviendo en un lugar así. Nos quedamos solos. Dos chicos con un padre enfermo y amargado, y borracho en buena parte de las ocasiones. Todo fue muy difícil a partir de la muerte de mamá.
            En aquella época no sabíamos qué había fuera del pueblo. Caminando por los campos los días festivos llegábamos a las aldeas vecinas, íbamos con más chicos y nos peleábamos con frecuencia con los de los otros pueblos. Nombres como el de la capital, como los de otras ciudades del mundo, sólo eran una referencia en las clases de geografía del colegio, al que tan poco fuimos por otra parte. Eran irreales. No existían. Y menos  aún para nosotros que habíamos ido por primera vez a la capital de la comarca un día cuando yo tenía diez años y Timmy ocho; habíamos visitado a no sé qué parientes y habíamos vuelto.





            Por eso parecía que el tiempo era eterno e inmóvil para nosotros, que todo continuaba lento e igual desde que podíamos guardar recuerdos, la playa y sus guijarros estaban allí desde antes que hubiera nadie para verlos, y seguirían estando mucho después de que no quedara ni el más mínimo recuerdo.
            Este viento de invierno que levanta grandes olas en la playa despoblaba las calles, impedía salir a los pescadores y entonces era fácil pasar las tardes de domingo ayudando en la taberna y bebiendo con los pescadores, escucharles contar sus historias en su forzada inmovilidad y aquellos que alguna vez habían llegado a otros lugares del mundo, que sabían cómo eran las calles y plazas de la capital, hablaban de todo esto y de amores más o menos perdidos, más o menos inventados, mientras los cristales mostraban el negro de la noche azotados por el viento y la lluvia.
            El humo de la chimenea dejaba un gusto acre y metálico permanentemente en nuestras bocas, a veces, si el viento lo traía muy directamente hacia nosotros, era una presencia áspera en la garganta que nos hacía toser.
               Cuando Timmy me habló por primera vez de irse yo ya hacía tiempo que lo pensaba.
            En algún momento, entre el fin de la infancia y el principio de la adolescencia, supimos que no queríamos seguir allí, donde sólo nos esperaba trabajar en la fábrica hasta terminar muriendo, agotados y enfermos, como morían los hombres del pueblo, uno a uno, como nuestro padre moriría pronto.
        Un canto de gaviotas daba a nuestros pensamientos un extraño contrapunto, algo que recordaríamos siempre fuera donde fuese que estuviéramos, dijo Timmy una vez.



            Desde lo alto de la colina que dominaba el pueblo, cuando subíamos a dar vueltas por el acantilado, este canto ensordecedor nos envolvía, impregnaba todos nuestros sentidos, la lluvia caía sobre nosotros y, casi noche cerrada ya, el viento impulsaba fuerte nuestros pasos camino de regreso.
            Los pocos días que lucía el sol iluminaba un paisaje de tejados grises de los que escapaban a veces los penachos de humo de las cocinas. A lo lejos se perdía la línea gris del acantilado y el azul del mar, siempre salpicado del blanco de la espuma; a la caída de la tarde adquiría un tono añil oscuro, pronto a convertirse en el negro de la noche, que dejaba algo embriagador en los ojos.
            Desde la colina que estaba sobre el pueblo se podían ver los puntos lejanos de los barcos de pesca, la estela de espuma que les seguía cuando enfilaban hacia el puerto.
            Todos los tonos del verde nos envolvían. Brillante si hacía sol. Desvaído y sucio bajo la lluvia.
           Un día maldito empecé a trabajar en la fábrica, a toser respirando aquella atmósfera sofocante y sucia. No mucho después Timmy se incorporó también.
           Eran tristes esos días. Desoladoramente tristes. Definitivamente había que partir. Pero pasaron los meses y algunos pocos años y todo seguía igual. El tiempo dejó de ser aliado nuestro y ya no bajábamos a arrojar guijarros al agua mirando cómo rebotaban. Es posible que el agua se los hubiese llevado, o que los hubiéramos arrojado ya todos.




            La huelga de la fábrica. Y de muchas fábricas más de la región, según nos contaban. Duró mucho. Demasiado. Fueron los tiempos del hambre. La policía mató varios obreros. A muchos se los llevó y no volvimos a saber de ellos. Al menos nuestra práctica en arrojar piedras al agua o a los chicos de los pueblos vecinos nos sirvió a la hora de arrojárselas a la policía. Teníamos buena puntería.
            También pasó la huelga. Los días se sucedían sin nada que ofrecernos. El viento golpeaba las ventanas de nuestra casa y las noches de invierno eran más largas y el amanecer llegaba sucio y sin vida: no podía traernos nada nuevo.



            Nuestro padre murió un día cualquiera. Supimos de pronto que no vería un nuevo día. En algún momento de la madrugada helada, entre toses y escupiendo sangre, partió.
            Timmy y yo, al volver del cementerio, nos quedamos así, mirándonos en silencio, sentados el uno frente al otro, con la mesa entre los dos, por la ventana llegaba atenuado el canto de las gaviotas, el viento era suave y la pequeña habitación se iba llenando por el humo de nuestros cigarros.
            La fábrica cerró. Nadie volvió jamás a traspasar sus puertas. Se llevó con ella el trabajo y el recuerdo de sus obreros rotos por la tos, muertos como nuestro padre por la tos.
            Timmy me dijo entonces que se iba al ejército. Durante un largo rato le miré sin decir nada. Le dije después que yo también partiría, que fuésemos a C., que cogiéramos un barco y nos fuésemos juntos a otro país.
            No me escuchó. Su decisión estaba tomada. No nos quedaba otra cosa que salir de esta casa donde nada dejábamos. Iríamos a la capital de la comarca y allí tomaríamos trenes distintos. Sin saber si un día nos volveríamos a ver. Si volveríamos siquiera a saber el uno del otro alguna vez.
            A la mañana siguiente bajamos otra vez a la playa. Después de mucho tiempo andando nos sentamos en el suelo, cerca del acantilado. Era el sitio que más nos gustaba de niños. Durante un tiempo que nadie midió echamos de nuevo piedrecillas que rebotaban en el agua antes de hundirse, de caer al fondo donde reposarían para siempre, donde, aunque lo quisiéramos, no podríamos jamás volver a encontrarlas.




            Por la tarde nos fuimos. La casa quedó atrás. Sola y vacía. No alzamos la vista para mirar la chimenea muerta. No sé  incluso si escuchábamos el canto de las gaviotas.
            Al día siguiente nos despedimos en el andén. No puedo recordar qué nos dijimos, si tomamos alguna cerveza antes de la partida o si fumamos algún cigarro. Sólo sé que la mañana era fría y neblinosa, que la noche había sido helada y la escarcha cubría todos los campos hasta donde podía alcanzar la vista. Sólo sé que el tren partió con su ruido de hierros rotos alejándose.
            Esa tarde llegué a C. Allí, en el puerto, entre los marineros, contemplaba los barcos y al fin, en uno cualquiera de ellos, encontré trabajo y partí. Era un mercante que cruzaba el océano. Yo no regresaría en él. Me quedaría en cualquier lugar muy lejos y buscaría trabajo.
            Por fin el barco zarpó. Cuando vi cada vez más lejos la costa, la línea oscura, difusa del acantilado, sentado solo en la popa lloré, lloré como si nunca antes lo hubiera hecho, lloré todas las lágrimas del mundo y maldije al cielo y a la tierra de mi patria mientras el tabaco y la cerveza dejaban en mi boca la amargura del tiempo, el sabor a barro de los días perdidos.
            Un día, desde el otro lado del mundo, supe de la guerra. Debían haber pasado unos dos años desde mi partida. Dejé de tener cartas de mi hermano. Luego ocurrió. Fue en una batalla en algún lugar que no nos importaba. En un país que no era el nuestro.




            Timmy quedó allí para siempre.
            Un día me casé. En el otro lado del mundo. Tuvimos tres hijos. Al pequeño le llamé Timmy. Según fue creciendo se le parecía cada vez más. Nuestra vida transcurrió sin más, no fue desgraciada ni especialmente feliz, sencillamente la vivimos.
            Un día volví. Había pasado mucho tiempo. El espejo me devolvía una imagen irreconocible. El pueblo era más grande ahora y había coches aparcados por todas las calles.
            La fábrica era un monstruo de ladrillo en ruinas con todos los cristales rotos y la chimenea comenzaba a derruirse. La maleza lo invadía todo de ese lugar donde tantos obreros habían enfermado y muerto, donde lo habían dado y perdido todo.
            No pasé por donde estuvo nuestra antigua casa. De todas formas aquel barrio de casucas miserables no existía ya. En su lugar había unos cuantos chalets con jardín. Lo vi desde lejos. Espero que la tierra y la vida sean más benévolas con sus actuales habitantes de lo que lo habían sido con nosotros.
            Subí al acantilado. El día era agradable. Lucía el sol y era bonito pasear con esa luz. Llegué a un extraño monumento de piedra que habían construido en la cumbre de la colina.
            El corazón me latía muy fuerte. El canto de las gaviotas me ensordecía. Presentía que iba a encontrar algo, cualquier cosa que era mía y me estaba esperando allí.
            Era un monumento a los muertos de la guerra. Nuestro pueblo recordaba así a sus hijos desventurados.








            Grabados en la piedra estaban los nombres de las batallas.
            Los nombres de los soldados muertos.
            Vi el nombre de mi hermano: Timothy M.
            Entre la fecha de su nacimiento y la de su muerte habían transcurrido 20 años.
            Fue entonces cuando todas las piedras de aquel monumento cayeron sobre mí. Aquellas listas de nombres aplastaban mi corazón. Yo conocía a muchos de ellos. Podía ver sus caras. En ese momento supe que esos nombres, esos rostros del recuerdo, esas piedras irían conmigo para siempre, que nunca, fuese donde fuese, los dejaría atrás.
            Bajé a la playa. Me senté allí, en nuestro sitio. No sé cuánto tiempo estuve.
            En un momento dado me levanté, el canto de las gaviotas me envolvía; sin volver la vista atrás, con todo el peso del tiempo encima, me fui de allí sabiendo que no volvería jamás. 
            Pero antes de levantarme cogí una piedra redonda y aplastada, la lancé sobre el agua y rebotó cuatro veces. Nunca había podido pasar de tres.




                                                                                             
Madrid, febrero 2013


Este relato está basado en una canción tradicional irlandesa, À Carlingford, según adaptación francesa de Renaud Séchan.
Imágenes: Stonehaven (Scotland)        

domingo, 4 de septiembre de 2016

Dachau















DACHAU




























Pienso que en el siglo XIX Johannes Brahms compuso la banda sonora para el horror: Ein Deutsches Requiem. Ahora, al escucharlo, a la vez que veo las fotos que tomé en Dachau, me parece que la música no procede de los altavoces: viene de las imágenes.




No se han conservado los barracones. En su lugar hay una inmensa explanada, con los rectángulos en piedra que marcan donde estuvieron. Hay placas de una piedra gris y triste donde están esculpidos en alto-relieve los números de cada uno y los rectángulos están llenos de piedras. Cogí dos y J. una. Ella la dejó al pie de un árbol, en un pequeño hueco de la madera. Yo me las traje. Las dejé junto al Buda y encendí una vela.




Este texto no debería ser leído por nadie. Entonces, ¿a qué escribirlo?; sólo encuentro una respuesta: la memoria que quiere ser guardada.




En la verja de hierro de la puerta principal está la inscripción infamante: Arbeit Macht Frei: El trabajo nos hace libres.








Dos holocaustos tuvieron lugar simultáneamente en Alemania: el que ocurría en los Lager y el de los bombardeos de las ciudades alemanas, verdaderas obras maestras de la ciencia de la destrucción. Con una precisión científica inigualable, las series de bombas destructivas e incendiarias sumían a las ciudades alemanas en inimaginables tormentas de fuego que llevaban la exterminación a sus habitantes, salvándose solamente un puñado de aterrados y desorientados supervivientes que vagaban como fantasmas desposeídos de todo entre las ruinas y los cadáveres, o buscando inútil refugio por los campos de los alrededores, no menos imagen de la devastación que las ciudades que dejaban atrás. Innumerables cantidades de criaturas parasitarias proliferaron en las ruinas y los cadáveres. La Alemania del Reich que iba a durar mil años se convirtió en el pueblo de las ratas. W. G. Sebald nos habla sobre esto en Sobre la historia natural de la destrucción, página 44 de la edición de Anagrama, 2003. Aquí Sebald nos cita a Nossack: había que abrirse camino con lanzallamas hasta los cadáveres, tan densas eran las nubes de moscas que zumbaban a su alrededor. Los suelos de los sótanos estaban cubiertos de gusanos resbaladizos de un dedo de largo… “Ratas y moscas dominaban la ciudad. Insolentes y gordas, las ratas correteaban por las calles. Pero todavía más repugnantes eran las moscas. Grandes, de reflejos verdes, como no se habían visto nunca… (Hans Erich Nossack, Der Untergang, Frankfurt am Main, 1972).
                Inútil es insistir en la simultaneidad de los hechos: los habitantes de Hamburgo, Colonia o Halberstad ardían en el fuego provocado por las bombas inglesas o americanas, verdaderas obras maestras de la destrucción, al mismo tiempo que millones de judíos, homosexuales, polacos, etc. eran gaseados y se deshacían en humo y ceniza en los cielos de Auschwitz, Dachau, Treblinka… La guerra aérea llevada a cabo por los aliados no impidió el transporte de los detenidos hasta los Lager. Su fría planificación, el desarrollo perfectamente científico de los bombardeos para causar una tormenta de fuego, queda sin duda a los ojos de la historia como una búsqueda de la destrucción y el exterminio de la población civil hasta llevarlo a extremos inimaginables sólo unos pocos años atrás. La suerte de los deportados a los campos -igualmente obras maestras de la ciencia del exterminio-, queda igualmente claro ante la historia que no importaba a nadie, salvo, naturalmente, a aquellos que lo padecían, involuntarios protagonistas de su propia película de sufrimiento y para los que este episodio significó, para decirlo con palabras de Hannah Arendt, verdaderamente el fin del mundo (ver Eichmann en Jerusalen).





Podríamos pensar que después de Dachau la vida humana carece de todo valor, pero eso quizá sería un razonamiento erróneo: deberíamos recordar las terribles batallas de la Primera Guerra Mundial, las exterminaciones de pueblos enteros en las guerras de la antigüedad, los incontables indios y negros esclavizados, mutilados y matados como insectos en cualquiera de las aventuras coloniales: No olvidemos el Congo de Leopoldo II de Bélgica (ver El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa y El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad).






W. G. Sebald en Sobre una historia natural de la destrucción cita un escrito de un desconocido para mí Friedrich Reck: “en una estación de la Alta Baviera, vio cómo de la maleta reventada de una de esas mujeres de Hamburgo caía el cadáver de un niño.”
                Cuenta de una mujer que tenía 16 años en 1943, después de la tormenta de fuego de Hamburgo. En la estación de Stralsund, donde estaba en calidad de voluntaria, llegó un tren de fugitivos. Estaban fuera de sí. Varias de las mujeres que descendieron de ese tren traían en su equipaje los cadáveres de sus hijos.




W. G. Sebald en Sobre una historia natural de la destrucción cita Hiroshima notes de Kenzaburo Oé, Nueva York y Londres 1997. Son notas tomadas por el escritor japonés en 1965, veinte años después del estallido de la bomba: “El derecho al silencio, que esas personas (los supervivientes de Hamburgo) reivindicaban en su mayoría, es tan inviolable como el de los supervivientes de Hiroshima, de los que Kenzaburo Oé, en sus notas de 1965 sobre esa ciudad, escribe que muchas de ellas, 20 años después de la explosión de la bomba, no podían hablar de lo que ocurrió ese día.”




W. G. Sebald en Sobre una historia natural de la destrucción habla de Lutz Heck: Mi aventura. Vivencias en la jungla y el zoo. Viena 1952. Habla Heck de la total devastación del zoo de Berlín a causa de los bombardeos: Los leones yacían asfixiados y carbonizados en sus jaulas. Los hombres se introducían dentro de la caja torácica de los paquidermos, hurgando entre montañas de entrañas. “Las colas de cocodrilo, cocidas en grandes recipientes, sabían como carne grasa de pollo”… “Los jamones y las salchichas de oso nos parecían una exquisitez.”





En las notas a Memorias de Adriano, traducidas por Julio Cortázar, Marguerite Yourcenar nos dice (en referencia a una de las innumerables representaciones escultóricas de Antinoo): “La obra delata las huellas de los años pasados en un sótano durante la última guerra: la blancura del mármol ha desaparecido momentáneamente bajo manchas terrosas: faltan tres dedos de la mano izquierda. Así sufren los dioses la locura de los hombres.” Ed. Sudamericana, febrero 1983 página 212.





“Así sufren los dioses la locura de los hombres.” Escultura de Rodin vista durante este viaje en la Neue Pinakothek de Múnich. Existen varias copias de la misma. Reencuentro con uno de los más bellos cuerpos de hombre jamás esculpidos. Vista en Colonia (Ludwig Museum) entre otros. No podría recordar ahora en qué ciudades, en qué otros museos he visto este hermoso cuerpo de bronce. A la de Múnich le faltaban la cabeza y los brazos, un tremendo hueco del bronce substituye el lugar donde estuvo la hermosa cabeza. Esto le da un aire más antiguo, como si no viniera de las manos de Rodin, sino de un anónimo escultor romano o griego. La guerra arrebató esa cabeza hermosa, esos brazos fuertes y dejó manchas indelebles en la nitidez del bronce. Esta escultura, y debido precisamente a este menoscabo, es más bella aún si cabe que sus hermanas, aquellas que permanecen intactas en diversos museos del mundo. La locura de los hombres, que tanto arrebató a esta estatua, no pudo despojarla de su belleza.












Dachau no es una cárcel para los cuerpos: es una cárcel para las almas. El III Reich fue la inmensa cárcel del alma. Piranesi en sus grabados así titulados dibujó Dachau, dibujó el III Reich. Piranesi vio con los ojos del alma en qué profunda obscuridad, en qué corazón de las tinieblas podría llegar a habitar el hombre.


               

Nos dejó su testimonio en sus grabados Las cárceles del alma. Era un grito, una advertencia contra la desolación. Pero nadie lo vio. Nadie supo que esos puentes en el vacío, esas escaleras que trepan o descienden hacia ningún lugar, esos extraños prisioneros sojuzgados entre las sombras serían realidad un día: Somos nosotros. Los dibujos de los prisioneros de Dachau, que pueden verse en el museo instalado en uno de los edificios, los hizo Piranesi. No aquel que vivió en la Italia del siglo XVIII. Sino otro, cualquier prisionero, venido de no importa dónde.
                Dachau: la cárcel del alma.













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Filas de prisioneros. Todos con el cráneo rapado. Pantalón rayado y camisa blanca. El sol brilla sobre ellos. Absoluta inmovilidad. Es la hora del recuento. De pie, firmes hasta que haya terminado y el oficial al mando dé por finalizado el acto. Verano. Camisas abiertas. Se ve el pecho a través de las camisas blancas abiertas. El terrible calor húmedo del verano alemán. Firmes. Hasta que todo termine. A lo mejor uno de estos hombres es el autor de alguno de los dibujos que podemos ver en el museo que hay en los edificios del Lager. Quizá alguno de ellos fue el que dio imagen a la tristeza, rostro a la devastación. Quizá alguno de ellos sea Piranesi y nos haya dibujado cómo son las cárceles del alma.








Papeles en el suelo, manifiestos, pensamientos, allá en el suelo, donde pronto los barrerá el viento o la lluvia hará correrse la tinta hasta que no pueda leerse nada en ellos. Papeles en el suelo que los paseantes apenas miran, pisan descuidados y nada de cuanto había sido escrito sobre ellos permanecerá. Corazones vacíos que ignoran todo sobre estos papeles que pisan; que nada saben y si supieran, apenas la tristeza se comenzara a aposentar sobre ellos, la espantarían y quedaría de nuevo flotando, mota de polvo en el aire, en el aterrador vacío que dejan a su paso los corazones fríos, indiferentes, que nada saben, que nada quieren saber.
                Hasta un día en que esos papeles dejaron de volar, de depositarse en el suelo al final de su caída; o en las cabezas, los hombros, las espaldas o los corazones de los que pasan.
                Fue el 18 de febrero de 1943.
                Fue el último día de su vuelo.
                Los papeles de La Rosa Blanca no volaron nunca más.











               


El vestíbulo central de la Universidad de Múnich se encuentra en la Geschwister Scholl Platz. Enfrente, cruzando la calle, se encuentra la Professor Huber Platz.
                Los hermanos Hans y Sophie Scholl, con Christoph Probst, Alexander Schmorell y Willi Graf, a los que se unió el profesor Kurt Huber, fundaron el grupo de resistencia llamado La Rosa Blanca. Desde junio de 1942 hasta febrero de 1943 los miembros de este grupo redactaron seis textos en los que llamaban a un pensamiento crítico, humanista y antimilitarista. Llamaban al pensamiento libre en mitad del totalitarismo. Llamaban al pensamiento libre de un pueblo que se decía de pensadores y escritores donde sólo un libro, inmundo y mal escrito, copaba palabra y pensamiento, era aceptado y alabado planamente por muchos e impuesto por la fuerza de las armas a todos.
                En la Universidad de Múnich floreció este grupo de profesor y estudiantes, esta tierna, frágil y vulnerable rosa blanca que no tardó en ser cortada y aplastada por la bota de un juez fanático que satisfacía así la sed de sangre de sus amos y la suya propia.
                Sophie Scholl lanzó desde la barandilla del vestíbulo los papeles donde estaba escrito el sexto manifiesto de La Rosa Blanca. Fue vista por un bedel que la detuvo junto con su hermano Hans. Así hizo este ser anónimo su contribución a la exaltación de un Reich que sólo podía engrandecerse causando muerte y dolor.
                22 de febrero de 1943. Se realizó el juicio y se ejecutó la sentencia. Hans y Sophie Scholl y Christoph Probst fueron condenados a la guillotina y ejecutados ese mismo día. El Reich tenía prisa en derramar su sangre. El juez Roland Freisler, Juez Supremo del Tribunal del Pueblo de Alemania, venido expresamente desde Berlín para ejercer su siniestra vocación de verdugo, condenó y ejecutó el mismo día a los tres acusados. No tenían posibilidad alguna de defensa.


               

Esto ocurrió en las fechas dichas en Múnich, en la ciudad predilecta del Führer, la ciudad donde había empezado todo algunos años atrás, donde el pintor frustrado, cabo austriaco en la Primera Guerra Mundial comenzó su siniestra trayectoria.
                En Múnich se dio este frágil movimiento de resistencia que fue La Rosa Blanca.
                El viento se llevó los papeles escritos.
                La lluvia emborronó la tinta. La helada tarde de febrero guardó memoria para siempre, memoria sutil como música que no necesitara de palabras. Viento que repite los nombres en los charcos desbordados de lluvia.
                Escucho en mi corazón el andante del sexteto de cuerda número 1 de Johannes Brahms.






Despierto y por unos instantes me siento perdido, desnudo y solo en mitad de algo que no puedo precisar.
                Despierto y no sé de qué extrañas regiones del sueño regreso.
                Despierto y no sé si me hallo como el Dante en la mitad del camino de mi vida.
                Despierto y no sé si he despertado, o he caído en el más profundo sueño del alma, en ese pozo de tinieblas que niega toda luz.
                ¿Qué extraños prisioneros son estos que colman todo el espacio?
                ¿No seremos por desventura nosotros?
                Intento abrir los ojos para no ver, para no seguir en este sueño innoble que lo devora todo.
                Intento cerrar los ojos para no seguir habitando estas regiones de la desolación que parecen inconcebibles y sin embargo lo colman todo.
                ¿Qué es este número escrito sobre mi piel que no puedo borrar?
                ¿Por qué llevo estas extrañas vestiduras?
                ¿Dónde están mis juguetes, mis cuadernos, por qué no voy a la escuela, por qué ese largo, innumerable viaje en trenes malolientes, en trenes desolados, en trenes que cortaban en dos la noche y dejaban las ciudades hechas un campo de llamas, y dejaban los campos igual que un vertedero de basura, que dejaban las almas sucias, llenas de inmundicia, de flores muertas y pestilentes, del perfume pútrido de las almas muertas?





               

¿Dónde he llegado? ¿Adónde me ha conducido este sueño atroz del que no puedo despertar?
                ¿Qué contarán de mí los que pasen por aquí dentro de muchos años?
                ¿Dónde existe un pozo de olvido que pueda anegar la lluvia del recuerdo?
                Allá, al final, en lo profundo de la noche, oigo llegar nuevos trenes y tiemblo.
                Oigo los gritos militares y tiemblo.
                Oigo los discursos, los manifiestos, las palabras y tiemblo, y lloro, y me escondo sabiendo que es inútil, que nada escapa a la luz sucia de amanecer que entra por los tragaluces, a la luz del alba que no trae renovación, a la primavera que no trae renovación, ni promesa de nada, al otoño que no trae belleza, al verano que significa devastación, al invierno que no es sino desolación de los árboles desnudos que eligieron quizá morir con nosotros; esa muerte de los árboles desolados, de los árboles que niegan su fruto, de los árboles que no quieren florecer en primavera, de los campos de piedras que niegan la cosecha, esas piedras grises que llenan todo de su gris negruzco, que niegan todo color, que niegan toda música, que escriben sus palabras de piedra gris negruzca en la infame noche, en la noche de los gritos silenciados, en la noche en que quiero gritar y no tengo voz, y de mi garganta sólo brotan piedras, y cada palabra es una piedra, y cada una de esas piedras ahoga mi voz, está clavada en mi garganta y no tengo canción alguna que oponerle, ya no tengo canciones, no recuerdo siquiera si las tuve antes, porque quizá yo no existía antes de este sueño, quizá no existí nunca, no existo ahora, sólo soy el sueño perverso de algún dios pequeño y maldito que me sueña; pero eso no lo sabré nunca, ni yo ni estos extraños prisioneros, vestidos de manera extraña, ni esos recién llegados en los infames trenes de la noche, de esta noche en la que no hay dioses ni hombres, sólo estos tragaluces por los que entrará la luz sucia del alba, de un alba que sólo traerá trenes y más prisioneros, vestidos de manera extraña, y humo, ese humo que somos ya, que respirarán los hombres hasta el final del tiempo, hasta el final de la memoria, ese humo que colma todo el espacio, que colma los árboles muertos, que colma los trenes que llegan, los trenes que parten, la ropa extraña de los prisioneros, ese humo que cuando creáis haberlo dejado atrás entrará en vuestras casas, se aferrará a vuestras gargantas y os hará toser y la tos os provocará el vómito y vomitaréis todo lo que sois y lo que creéis ser, y seréis sólo humo y vómito que corre por el tiempo, como corren esos trenes que nos traen aquí, que nos vomitan aquí, para no ser ya sino humo y ceniza en la noche innombrable de Dachau.








Al final de la extraordinaria película de Stanley Kramer Vencedores o vencidos (The judgement at Nuremberg), el ministro de Justicia del III  Reich Ernest Janning, interpretado por Burt Lancaster, dice al juez americano que le ha condenado que nunca pensó que se llegaría a tanto, que serían millones los asesinados, que debía creerle.
                El juez americano, interpretado por Spencer Tracy, respondió que el hecho ocurrió la primera vez que alguien fue condenado a muerte sabiendo que era inocente.
                Esta respuesta  es clave para entender el totalitarismo.









El 12 de noviembre de 1922, en Zhytomyr, Ucrania, nació el escritor polaco Tadeusz Borowski. Cuando sólo tenía 4 años conoció la deportación de su padre a un campo de trabajo en la región de Karelia; cuando tenía 8 años su madre fue deportada a Siberia.
                Volvieron a reunirse todos en Varsovia unos años después.
                Ya bajo la dominación alemana, estudia clandestinamente y finaliza el bachillerato. Comienza después sus estudios de filología polaca también clandestinamente ya que los nazis habían prohibido los estudios en polaco. Publicó su primer libro de poemas impreso a ciclostil Donde esté la tierra.
                Su novia María Rundo fue detenida por los alemanes siendo trasladada a Auschwitz. Tadeusz Borowski continuó llevando su misma vida en vez de rehuir el peligro. No tardó en ser detenido él también por la Gestapo. Después de su paso por la prisión de Pawiak, donde también María había estado, al igual que ella es internado en Auschwitz.
                Pasó dos años en Auschwitz de donde posteriormente es trasladado a Dachau donde le sorprende la liberación por las tropas americanas.
                Encontró a María, también superviviente, y continuó escribiendo sus relatos como memoria escrita de su paso por el horror.
                Convertido en uno de los escritores del llamado realismo socialista, su estilo nunca terminó de convencer a los dirigentes de la cúpula intelectual del partido.
                La violenta decepción política, unida a su fracaso sentimental en su relación con María y a una nueva relación amorosa que le introdujo en una situación en la que se sentía completamente desbordado, le llevaron al suicidio por gas en su apartamento de Varsovia. Finalmente, la muerte por gas de la que había conseguido escapar en Auschwitz y Dachau, le encontró irremisiblemente y por decisión propia. Fue el 1 de julio de 1951. Tenía 29 años.

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La antología de sus relatos en español titulada Nuestro hogar es Auschwitz, vino hace un tiempo a mis manos en una biblioteca pública. Una vez leído me acompañó siempre su recuerdo. Vuelvo hoy a esa misma biblioteca y lo tomo prestado de nuevo. De su prólogo tomo los datos biográficos consignados antes. Son autores de esta introducción Katarzyna Olszewska Sonnenbelg y Sergio Trigón, al igual que de la traducción de la obra.
Es el hecho, que me impresiona fuertemente, de su estancia en Dachau, lo que le trae a mi recuerdo. Tadeusz Borowski estuvo confinado dentro de estos muros, conoció estas celdas y barracones, vio ese humo de los cuerpos quemados que se difuminaba por los cielos de Alemania salir de la chimenea de este crematorio que he visitado. Y yo, 71 años después, vengo y camino sobrecogido sobre este suelo y hago tristísimas fotografías en blanco y negro, que luego miraré y volveré a mirar, en la desolación de este viaje hacia el final de la noche, y sin saberlo camino sobre los pasos de Tadeusz Borowski, el joven escritor polaco que habitó estos lugares, prisionero de la historia abyecta del siglo XX.



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No escribo para dar testimonio de la luz. Ni de la sombra. No escribo para dar mi voz a nadie. Nadie necesita mi voz. No escribo para mí ni para ti ni para ninguno.
                Quiero que estas palabras se pierdan en la lluvia. Quiero que no quede ningún recuerdo. Aquellos que estuvieron aquí ya no tienen voz ni palabras. Aquí nadie habla ya.
                Sólo estas piedras del suelo. Sólo estas piedras grises casi negras. Sólo estas piedras sin voz ni palabra. Sólo estas piedras y su silencio milenario. Ellas rompen el grito. Ellas no saben del tiempo ni del grito. Ellas están aquí desde el principio del mundo. Ellas asistieron al origen del mundo.
                Piedras donde se hunden mis palabras. Estas palabras que no leerá nadie. Se hunden aquí, sumergidas se ahogan en los ríos profundos de la tierra. En los ríos inconcebibles de la tierra.





El campo de concentración de Dachau está al 13 km al NO de Múnich. En la época en que estaba en funcionamiento, una vía férrea unía la estación de Dachau al KZ-Gedenkstätte. Hoy esa vía está desaparecida. No siempre eran llevados los prisioneros al campo en ferrocarril. A veces se les hacía llegar caminando los tres kilómetros que separan la Hauptbahnhof Dachau de la entrada al campo.
                Hoy ese camino es amable y discurre, por las calles tranquilas, arboladas y limpias de esta bella ciudad. El camino está jalonado por una serie de paneles explicativos en alemán y en inglés que dan a los visitantes que por este camino llegan, con sus textos y fotografías, testimonio del lugar al que se acercan. Recuerdo una foto en la que se ven soldados en formación perfecta, como ejemplo nítido de la disciplina alemana, están frente a un coche negro de gran clase a un lado y dos figuras uniformadas que se le acercan.





Se trata del coche del Reichsführer SS Heinrich Himmler. Él pudiera ser uno de los dos uniformados que se acercan al coche, pero en lo borroso de la fotografía no puedo reconocer su rostro.
                “Papá Eicke” (Theodor Eicke), nombrado personalmente por Himmler, convirtió Dachau en un campo modelo. Su eficacia le valió ser ascendido a inspector de los campos; implantando sus métodos de brutalidad organizada hizo de Dachau, un no demasiado grande campo, una institución modélica.
                22 de marzo de 1933 fue la fecha de la apertura del campo. Fundamentalmente religiosos, intelectuales y políticos eran internados aquí. Más de 200.000 prisioneros fueron internados aquí. Utilizado también como campo de exterminio a partir de 1941, se dice que unas 41500 personas fueron asesinadas en Dachau, sin contar los miles que perecieron –como por otra parte en cualquiera de los demás campos nazis- a causa del aplastante trabajo, la mala alimentación y las enfermedades.
                En Dachau se realizaron experimentos terminales buscando encontrar la mejora de la capacidad de supervivencia de los pilotos en condiciones extremas. Estas experimentaciones fueron realizadas en los barracones destinados a enfermería (hoy están todos, enfermerías y dormitorios demolidos). Su artífice fue el médico de la Luftwaffe Sigmund Rascher. Éste y su mujer no podían tener hijos, en consecuencia hizo pasar como propios a los hijos de su criada y su marido carpintero. Considerado el matrimonio Rascher como un prototipo de familia modélica alemana, gozaron de favores y regalos del propio Himmer hasta que en 1945 éste descubrió el engaño e hizo ejecutar en el mismo campo de Dachau al matrimonio Rascher.
                El 29 de abril de 1945, Dachau fue liberado por la 20ª División Blindada y la 45ª División de Infantería del VII Ejército de los Estados Unidos. Se continuó utilizando como residencia para refugiados durante muchos años.

















Beirut Oeste. Sabra. Chatila. 1982.
                Llegó la noche larga de los cuchillos. Llegó la noche eterna de los cuchillos.
                No importa el horror del mundo.
                Beirut Oeste.

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No veo nada en el suelo. No hay nada en el cielo. No hay noche en el cielo. A estas horas debería ser de noche. Pero el cielo refulge. Extraño brillo de relámpagos. Tormenta de miedo en las calles. Esa sombra en la acera quizá sea un niño asesinado en cualquier calle. Deja que su sombra se alce del suelo. Deja que esa sombra nos acompañe. De todas formas esa sombra una vez vista vendrá con nosotros para siempre. Hubiera sido mejor no verla. Hubiera sido mejor no mirar nunca al cielo. Así la luz perpetua de esos relámpagos no se hubiera clavado en nuestra mirada. No nos hubiera cegado. No la llevaríamos ahora con nosotros para siempre. No habríamos visto lo que esa luz nos mostraba. Esa luz que mataba hasta la última posibilidad de la noche. Esa ausencia de obscuridad en la que podíamos ver cada rostro. Cada ventana destrozada. Cada puerta arrancada de sus goznes. Esas débiles y patéticas puertas. Esas irrisorias puertas que quisieron detener el paso de la muerte y no pudieron. Esas puertas que no impidieron el paso de los cuchillos, de las hachas, de las balas. Ese humo por todas partes. El cielo que deslumbra en su luz. Esa luz irreal del cielo. Esa luz perpetua del cielo que encendieron para iluminar los cuchillos, para que los cuchillos no equivocaran su trayectoria. Luz infinita extendida música que escucharemos en las largas noches que nos aguardan. Cuando esta luz del cielo se apague y llegue el día y lleguen nuevas noches. Entonces recordaremos esta luz. Esta luz que no podremos apagar jamás. Y el recuerdo de aquella sutil sombra. Esa sombra que era quizá un niño asesinado en cualquier calle de Sabra y Chatila, Beirut Oeste. 1982.

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Los hornos de Dachau volvieron a prenderse en Sabra y Chatila. Volvieron a prenderse en Camboya y Vietnam. La chimenea de Dachau volvió a llenar de humo el cielo de Alemania en Argentina y Chile. Víctimas de ayer fueron victimarios y verdugos cuando les llegó su turno. Los que habían vertido su sangre derramaron la sangre de otros. Nuevo ciclo de la historia. Nueva sangre derramada sobre la tierra nunca ahíta de Dachau.

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Del 7 al 11 de julio 2016, acompañado por J., visité Múnich (ciudad de la que sólo conocía en diferentes vuelos de paso su aeropuerto) con el sólo propósito de visitar Dachau y los lugares donde se desarrolló la historia de La Rosa Blanca, historia ésta conocida por mí gracias al film Sophie Scholl, y posteriormente el llamado como la misma organización Die Weisse Rose. Naturalmente pensábamos conocer todo lo que nos diera tiempo de la bella capital de Baviera y sus preciosos museos. Pero ni la ciudad ni sus museos hubieran sido por si solos motivo para emprender el viaje.
                En cuanto a mí, pienso que el propósito nació hace unos meses, la tarde en que fui a ver en la casa Sefarad-Israel Memoria de las Cenizas, documental sobre el campo de Mauthausen (Austria) donde fueron internados los prisioneros republicanos españoles. Asistió a dicha proyección la señora Concepción Díaz Berzosa de Amical-Mauthausen, organización creada para mantener viva esta atroz memoria que no quiere ser olvidada. Cuando en el coloquio posterior a la proyección esta mujer dijo  que pensaba que al menos una vez en la vida toda persona debiera visitar un campo nazi, creo que fue ahí donde de una manera más o menos vaga empezó a gestarse este proyecto de viaje.
                No puedo hablar, naturalmente, ni menos especular, sobre las motivaciones de otras personas para visitar esta clase de lugares. Apenas si puedo hablar de las mías. Si se me preguntara qué he sacado de este viaje no tendría respuesta. Sólo puedo decir que intento escribir sobre ello. Y vivir con este recuerdo. A los que vivieron Dachau o Auschwitz y sobrevivieron a ello nadie podría decirles nada acerca de lo que allí vivieron, o sobre qué clase de recuerdos les acompañaron, a partir de aquella experiencia, para siempre. Viene bien aquí copiar esta cita de Sorstalangság (Sin destino), libro del escritor húngaro Imre Kertész (1929-2016) premio Nobel de literatura en 2002, que fue deportado con 14 años a Auschwitz y después a Buchenwald:

““Antes que nada –dijo- tienes que olvidar los horrores.” Le pregunté muy extrañado: “Por qué” “Para poder vivir” respondió, y el Sr. Fleischmann asintió con la cabeza: “Para poder vivir libremente”, a lo que el otro asintió, añadiendo: “Con esa carga no se puede empezar una nueva vida”; tuve que reconocer que en eso tenía razón. Pero, por otra parte, no entendía cómo me podían pedir cosas imposibles, y les hice saber que mi experiencia había sido real y que yo no podía mandar sobre mis recuerdos.”










               
Por mi parte podría, de una manera vaga, pensar que entre los remotos orígenes de este viaje estaría la exposición sobre la deportación de niños judíos que una tarde de enero de 2004 vi en un vestíbulo de la estación de Burdeos. Petrificado recorrí aquellas vitrinas y paneles, aquellos objetos y fotografías expuestos allí que daban testimonio de unos hechos que, aun siendo tan conocidos, la simple reseña histórica  se vuelve insignificante al ver sus caras conservadas en el papel fotográfico, sus carnets escolares con el sello “Juif” estampado en ellos, sus objetos cotidianos, las dedicatorias escritas en sus fotografías de vacaciones o en esas fotos de estudio donde imaginamos los padres llevaban a sus hijos para guardar memoria de sus rostros de 15 años.
                Tendría que recordar también, visitada varias veces en sucesivas estancias en Berlín, la estación de Grunewald, de cuya vía 17 partían los trenes de la deportación.





               


En la vía 17 de la estación de Berlín-Grunewald se encuentra el testimonio en placas de hierro que cubren todo lo largo de los dos andenes y cuentan al paseante qué día, con qué destino y cuántos judíos fueron embarcados en los trenes de la deportación hacia la noche sin retorno de Riga, Auschwitz o Theresienstad.







Hannah Arendt dijo que con la muerte del último judío asesinado en Auschwitz murió el hombre. ¿Qué papel nos queda a nosotros, herederos de tan encarnizado siglo, habitantes de este sanguinario siglo XXI; nosotros, que presenciamos impotentes el nuevo ascenso de los nazismos y sus herederos, viviendo en mitad de una guerra sutil pero no menos siniestra, desnudos y solos en un tiempo de desolación en el que las preguntas no encuentran respuesta? El sol pasa sobre nuestras cabezas, llegan la noche y sus sueños: en este discurrir del tiempo y las estaciones, ¿podremos reencontrar algo de lo que en verdad somos entre el ruido, la guerra, la confusión?





Placa para la memoria de los judíos asesinados. Sinagoga de Praga.
Foto: Juana Ramos

                                                                                              Julio 2016

A Juana, compañera de viaje