viernes, 16 de septiembre de 2016

Los guijarros




Los guijarros


For all the dead soldiers


La playa tenía aquel color gris metálico de los cielos nublados de noviembre. El sol se filtraba a veces entre las nubes y por unos instantes dejaba su reflejo metálico en las olas. La espuma empapaba los guijarros de la orilla.
           La playa tenía aquel color metálico y gris y Timmy, sentado a mi lado, lanzaba piedras redondas y planas a las olas que rebotaban antes de hundirse. Yo nunca pude conseguir que rebotaran más de dos veces. Alguna vez tres. Timmy era mejor que yo en esto. Él llegaba fácilmente a cuatro, incluso cinco consiguió una vez. Yo era dos años mayor que él.





          

               Aquí veníamos siempre que teníamos un rato. En cualquier caso en el pueblo no había nada. También solíamos ir al pequeño puerto al atardecer para ganar algún dinero ayudando a descargar el pescado cuando regresaban los barcos. Más lejos, hacia el interior, un penacho de humo se escapaba perpetuamente de la chimenea de la fábrica.





              
          Pero en invierno la noche cae demasiado pronto. En esos días la temperatura era gélida y nadie podía resistir en el exterior. Pero como nos pagaban teníamos que aguantar como fuera, hasta terminar con los dedos enrojecidos y rígidos y, al final de la faena, entrar un rato con los pescadores en la taberna donde nos tomábamos una pinta (cuando tuvimos ya edad suficiente para hacerlo, pero de todas formas allí te hacías mayor demasiado pronto, no teníamos la oportunidad de tener infancia: pronto bebimos cerveza como los hombres sencillamente porque habíamos trabajado como ellos), y luego regresábamos, subiendo a la carrera la cuesta que nos llevaba hasta el centro del pueblo y después, extenuados, por las calles que conducían hasta el miserable barrio de casucas bajas  donde vivíamos, cerca de la fábrica, la chimenea continuaba arrojando su humo y es posible que al entrar papá estuviera trabajando en el turno de noche y mamá ya en la cama completamente agotada. Dejábamos en el cenicero las monedas que habíamos ganado, entrábamos en nuestra helada habitación y nos acostábamos tiritando y en silencio.
            Mamá murió demasiado pronto. Su constitución no era fuerte. Y era preciso ser fuerte para continuar viviendo en un lugar así. Nos quedamos solos. Dos chicos con un padre enfermo y amargado, y borracho en buena parte de las ocasiones. Todo fue muy difícil a partir de la muerte de mamá.
            En aquella época no sabíamos qué había fuera del pueblo. Caminando por los campos los días festivos llegábamos a las aldeas vecinas, íbamos con más chicos y nos peleábamos con frecuencia con los de los otros pueblos. Nombres como el de la capital, como los de otras ciudades del mundo, sólo eran una referencia en las clases de geografía del colegio, al que tan poco fuimos por otra parte. Eran irreales. No existían. Y menos  aún para nosotros que habíamos ido por primera vez a la capital de la comarca un día cuando yo tenía diez años y Timmy ocho; habíamos visitado a no sé qué parientes y habíamos vuelto.





            Por eso parecía que el tiempo era eterno e inmóvil para nosotros, que todo continuaba lento e igual desde que podíamos guardar recuerdos, la playa y sus guijarros estaban allí desde antes que hubiera nadie para verlos, y seguirían estando mucho después de que no quedara ni el más mínimo recuerdo.
            Este viento de invierno que levanta grandes olas en la playa despoblaba las calles, impedía salir a los pescadores y entonces era fácil pasar las tardes de domingo ayudando en la taberna y bebiendo con los pescadores, escucharles contar sus historias en su forzada inmovilidad y aquellos que alguna vez habían llegado a otros lugares del mundo, que sabían cómo eran las calles y plazas de la capital, hablaban de todo esto y de amores más o menos perdidos, más o menos inventados, mientras los cristales mostraban el negro de la noche azotados por el viento y la lluvia.
            El humo de la chimenea dejaba un gusto acre y metálico permanentemente en nuestras bocas, a veces, si el viento lo traía muy directamente hacia nosotros, era una presencia áspera en la garganta que nos hacía toser.
               Cuando Timmy me habló por primera vez de irse yo ya hacía tiempo que lo pensaba.
            En algún momento, entre el fin de la infancia y el principio de la adolescencia, supimos que no queríamos seguir allí, donde sólo nos esperaba trabajar en la fábrica hasta terminar muriendo, agotados y enfermos, como morían los hombres del pueblo, uno a uno, como nuestro padre moriría pronto.
        Un canto de gaviotas daba a nuestros pensamientos un extraño contrapunto, algo que recordaríamos siempre fuera donde fuese que estuviéramos, dijo Timmy una vez.



            Desde lo alto de la colina que dominaba el pueblo, cuando subíamos a dar vueltas por el acantilado, este canto ensordecedor nos envolvía, impregnaba todos nuestros sentidos, la lluvia caía sobre nosotros y, casi noche cerrada ya, el viento impulsaba fuerte nuestros pasos camino de regreso.
            Los pocos días que lucía el sol iluminaba un paisaje de tejados grises de los que escapaban a veces los penachos de humo de las cocinas. A lo lejos se perdía la línea gris del acantilado y el azul del mar, siempre salpicado del blanco de la espuma; a la caída de la tarde adquiría un tono añil oscuro, pronto a convertirse en el negro de la noche, que dejaba algo embriagador en los ojos.
            Desde la colina que estaba sobre el pueblo se podían ver los puntos lejanos de los barcos de pesca, la estela de espuma que les seguía cuando enfilaban hacia el puerto.
            Todos los tonos del verde nos envolvían. Brillante si hacía sol. Desvaído y sucio bajo la lluvia.
           Un día maldito empecé a trabajar en la fábrica, a toser respirando aquella atmósfera sofocante y sucia. No mucho después Timmy se incorporó también.
           Eran tristes esos días. Desoladoramente tristes. Definitivamente había que partir. Pero pasaron los meses y algunos pocos años y todo seguía igual. El tiempo dejó de ser aliado nuestro y ya no bajábamos a arrojar guijarros al agua mirando cómo rebotaban. Es posible que el agua se los hubiese llevado, o que los hubiéramos arrojado ya todos.




            La huelga de la fábrica. Y de muchas fábricas más de la región, según nos contaban. Duró mucho. Demasiado. Fueron los tiempos del hambre. La policía mató varios obreros. A muchos se los llevó y no volvimos a saber de ellos. Al menos nuestra práctica en arrojar piedras al agua o a los chicos de los pueblos vecinos nos sirvió a la hora de arrojárselas a la policía. Teníamos buena puntería.
            También pasó la huelga. Los días se sucedían sin nada que ofrecernos. El viento golpeaba las ventanas de nuestra casa y las noches de invierno eran más largas y el amanecer llegaba sucio y sin vida: no podía traernos nada nuevo.



            Nuestro padre murió un día cualquiera. Supimos de pronto que no vería un nuevo día. En algún momento de la madrugada helada, entre toses y escupiendo sangre, partió.
            Timmy y yo, al volver del cementerio, nos quedamos así, mirándonos en silencio, sentados el uno frente al otro, con la mesa entre los dos, por la ventana llegaba atenuado el canto de las gaviotas, el viento era suave y la pequeña habitación se iba llenando por el humo de nuestros cigarros.
            La fábrica cerró. Nadie volvió jamás a traspasar sus puertas. Se llevó con ella el trabajo y el recuerdo de sus obreros rotos por la tos, muertos como nuestro padre por la tos.
            Timmy me dijo entonces que se iba al ejército. Durante un largo rato le miré sin decir nada. Le dije después que yo también partiría, que fuésemos a C., que cogiéramos un barco y nos fuésemos juntos a otro país.
            No me escuchó. Su decisión estaba tomada. No nos quedaba otra cosa que salir de esta casa donde nada dejábamos. Iríamos a la capital de la comarca y allí tomaríamos trenes distintos. Sin saber si un día nos volveríamos a ver. Si volveríamos siquiera a saber el uno del otro alguna vez.
            A la mañana siguiente bajamos otra vez a la playa. Después de mucho tiempo andando nos sentamos en el suelo, cerca del acantilado. Era el sitio que más nos gustaba de niños. Durante un tiempo que nadie midió echamos de nuevo piedrecillas que rebotaban en el agua antes de hundirse, de caer al fondo donde reposarían para siempre, donde, aunque lo quisiéramos, no podríamos jamás volver a encontrarlas.




            Por la tarde nos fuimos. La casa quedó atrás. Sola y vacía. No alzamos la vista para mirar la chimenea muerta. No sé  incluso si escuchábamos el canto de las gaviotas.
            Al día siguiente nos despedimos en el andén. No puedo recordar qué nos dijimos, si tomamos alguna cerveza antes de la partida o si fumamos algún cigarro. Sólo sé que la mañana era fría y neblinosa, que la noche había sido helada y la escarcha cubría todos los campos hasta donde podía alcanzar la vista. Sólo sé que el tren partió con su ruido de hierros rotos alejándose.
            Esa tarde llegué a C. Allí, en el puerto, entre los marineros, contemplaba los barcos y al fin, en uno cualquiera de ellos, encontré trabajo y partí. Era un mercante que cruzaba el océano. Yo no regresaría en él. Me quedaría en cualquier lugar muy lejos y buscaría trabajo.
            Por fin el barco zarpó. Cuando vi cada vez más lejos la costa, la línea oscura, difusa del acantilado, sentado solo en la popa lloré, lloré como si nunca antes lo hubiera hecho, lloré todas las lágrimas del mundo y maldije al cielo y a la tierra de mi patria mientras el tabaco y la cerveza dejaban en mi boca la amargura del tiempo, el sabor a barro de los días perdidos.
            Un día, desde el otro lado del mundo, supe de la guerra. Debían haber pasado unos dos años desde mi partida. Dejé de tener cartas de mi hermano. Luego ocurrió. Fue en una batalla en algún lugar que no nos importaba. En un país que no era el nuestro.




            Timmy quedó allí para siempre.
            Un día me casé. En el otro lado del mundo. Tuvimos tres hijos. Al pequeño le llamé Timmy. Según fue creciendo se le parecía cada vez más. Nuestra vida transcurrió sin más, no fue desgraciada ni especialmente feliz, sencillamente la vivimos.
            Un día volví. Había pasado mucho tiempo. El espejo me devolvía una imagen irreconocible. El pueblo era más grande ahora y había coches aparcados por todas las calles.
            La fábrica era un monstruo de ladrillo en ruinas con todos los cristales rotos y la chimenea comenzaba a derruirse. La maleza lo invadía todo de ese lugar donde tantos obreros habían enfermado y muerto, donde lo habían dado y perdido todo.
            No pasé por donde estuvo nuestra antigua casa. De todas formas aquel barrio de casucas miserables no existía ya. En su lugar había unos cuantos chalets con jardín. Lo vi desde lejos. Espero que la tierra y la vida sean más benévolas con sus actuales habitantes de lo que lo habían sido con nosotros.
            Subí al acantilado. El día era agradable. Lucía el sol y era bonito pasear con esa luz. Llegué a un extraño monumento de piedra que habían construido en la cumbre de la colina.
            El corazón me latía muy fuerte. El canto de las gaviotas me ensordecía. Presentía que iba a encontrar algo, cualquier cosa que era mía y me estaba esperando allí.
            Era un monumento a los muertos de la guerra. Nuestro pueblo recordaba así a sus hijos desventurados.








            Grabados en la piedra estaban los nombres de las batallas.
            Los nombres de los soldados muertos.
            Vi el nombre de mi hermano: Timothy M.
            Entre la fecha de su nacimiento y la de su muerte habían transcurrido 20 años.
            Fue entonces cuando todas las piedras de aquel monumento cayeron sobre mí. Aquellas listas de nombres aplastaban mi corazón. Yo conocía a muchos de ellos. Podía ver sus caras. En ese momento supe que esos nombres, esos rostros del recuerdo, esas piedras irían conmigo para siempre, que nunca, fuese donde fuese, los dejaría atrás.
            Bajé a la playa. Me senté allí, en nuestro sitio. No sé cuánto tiempo estuve.
            En un momento dado me levanté, el canto de las gaviotas me envolvía; sin volver la vista atrás, con todo el peso del tiempo encima, me fui de allí sabiendo que no volvería jamás. 
            Pero antes de levantarme cogí una piedra redonda y aplastada, la lancé sobre el agua y rebotó cuatro veces. Nunca había podido pasar de tres.




                                                                                             
Madrid, febrero 2013


Este relato está basado en una canción tradicional irlandesa, À Carlingford, según adaptación francesa de Renaud Séchan.
Imágenes: Stonehaven (Scotland)        

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